Bonarda con gotas de lluvia.

Mi refugio

Mi refugio

Se acerca fin de año y decidí pasar unos días de camping en la naturaleza, algo así como una previa de las vacaciones antes de que se arme el descontrol de gente. Es así que decidí partir para San Luis. Llegamos, mi familia y yo, a destino pasado un poco el medio día y nos dispusimos a armar el campamento.

Elegimos un lugar inmejorable. Pasto verde, grandes sauces y detrás un bosque de pinos. Armamos la carpa a escasos metros del lago. La temperatura era agradable y no había humanos en las cercanías. Pero, siempre suele haber un pero, había sobre el cielo algunas nubes que nos miraban con cara de pocos amigos.

Apuramos el armado del campamento y terminamos con lo esencial. Incluso los chicos disfrutaron un poco del agua del lago. El cielo fue de a poco oscureciéndose y la amenaza de lluvia se hizo evidente. De repente, y cuando digo de repente es literal, mientras yo contemplaba el lago, me atacó por la espalda un viento muy fuerte y que arrastraba mucha tierra.  No tenía nada que envidiarle al zonda de mis pagos, a excepción de que no era caliente.

Cuando esta agradable brisa de la tarde… amainó, llegó la hora del agua. Llovió lindo y parejito por una hora más o menos, pero finalmente aflojó y el sol se volvió a mostrar. Hasta acá todo bien, todos contentos.

Acomodamos el resto de las cosas y nos dispusimos a seguir disfrutando. Llegó la hora del mate y charla va, charla viene, los movimientos del cielo comenzaron a llamar mi atención. Es que esas nubes parecían vivas. Las había blancas espumosas y otras negras tenebrosas. Se arremolinaban en el cielo como amenazándose, pero se mantenían a una distancia prudencial.

Igualmente, quise hacerme el precavido y a las 19:38 me di a la tarea de prender el fuego para el asado de la cena.  Si, sé que era muy temprano, pero no quería que la lluvia arruinara mis planes. Prendí el fuego, abrí el vino y me dispuse a disfrutar.

Qué iluso! No se pueden prever los tiempos de la naturaleza. A las blanquitas y a las negritas se les dio por juntarse, seguramente ayudadas por el viento que se empezaba a hacer notar. Fue tocarse y empezar el espectáculo de ruidos y luces, obviamente acompañado de la lluvia. Si antes pensaba que había llovido, entonces ahora diluviaba.

La familia se refugió nuevamente en la carpa. Yo me acomodé debajo del portón trasero de la Kangoo (que se abre hacia arriba y forma un techito) y veía con desconsuelo mi querido fuego resistiendo una muerte que sería inevitable.

Visón celestial

Visón celestial

El tiempo pasaba y pasaba. La lluvia no parecía tener intenciones de aflojar.  El interior de la carpa ya comenzaba a acusar las primeras gotas. Al lado del escuálido fuego ya se formaba un laguito de agua. Y yo ya estaba caliente, más tirando a re caliente. Agarré el facón heredado y mientras cortaba el aire decía: “Te la agarraste conmigo Barba! Venite que acá te espero!”

Y en ese aburrido desconsuelo se me ocurre buscar el celular en el auto, la verdad no me acuerdo para qué. Me iba a mojar un poco, pero que le hace unas gotas más al empapao! Tomé el celular de la guantera, cerré la puerta del auto, di media vuelta y ahí lo vi. Una visión celestial que tuve el buen tino de retratar con el celular: la botella de Casa La Primavera Bonarda que había quedado olvidada arriba de la mesita de camping.

Estaba ahí, solita, empapada y abierta, resistiendo con estoicismo las inclemencias del temporal.  Veloz como el rayo (bueno, quizás no tanto) corrí hasta ella y la rescaté. Y la historia comenzó a cambiar. Acomodé mi silla debajo del techo de la Kangoo, Bonarda en una mano, vaso en la otra (no pretenderán que tuviera una copa en esas circunstancias…)

Y así, sentado y relajado, trago va, trago viene, con la vista hacia el lago, me dispuse a disfrutar del espectáculo. Sobre la superficie del lago las gotas que parecían bailar. Más arriba, los rayos que atravesaban la negrura del cielo.

Concluí que el Bonarda rebajado con gotas de lluvia tiene efectos que desconocía y que bien merecerían un estudio. La mala onda fue desapareciendo, dejando lugar a un estado envidiable de paz interior. Es más, hasta me animo a decir que estimula la creatividad.

En un momento se me ocurre mirar al fuego y veo que pese a todo, no se había dado por vencido. El hecho me llamó la atención y también, como pude, lo retraté. Y ahí vino la iluminación. Este fuego no morirá en vano!, pensé. Fui hasta la carpa y le pedí a mi mujer que preparara una de las pizzas que llevaba, pero que me las diera con dos pizzeras de aluminio.

Resistiendo lo inevitable

Resistiendo lo inevitable

Cuando estuvo lista, tomé valor y me adentré nuevamente en la cortina de agua. Coloqué rápidamente la parrilla sobre las brasas sobrevivientes, encima la fuente para pizza con la pizza adentro y la otra la coloqué como tapa.  Corrí a mi escaso techito, un par de tragos más y a esperar. Cuando lo estime oportuno, retiré la pizza del fuego y  … ahhh, señores, que pizza! Había quedado espectacular! Ahí ya me digné a meterme en la carpa y compartir tan peculiar comida. Inolvidable.

Finalmente les digo: yo no se si te hago un asado debajo del agua, pero dame un buen Bonarda y seguro te hago una pizza debajo del agua que no olvidarás.

Carlos

PD: Sepan entender la calidad de las fotos…

PD 2: Espero que les guste el relato.

PD 3: La naturaleza es hermosa…

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Acerca de Carlos Navarro
Carlos Navarro Profesional especialista en bebidas. Degustador profesional. Escritor para medios nacionales e internacionales. Profesor. Consultor. Ha trabajado en la gestión de varias bodegas. Master in Business Administration Master en Economía, Gestión y Marketing del Sector Vitivinícola Lic. en Comercio Internacional. Creador y propietario de cerveza Black Fish.

2 Responses to Bonarda con gotas de lluvia.

  1. san venacio fortunato vinoteca says:

    a lo largo de este año nos has acompañado con tus notas, pero agradezco haber leído esta nota de color -bonarda tal vez?-
    cariños y excelente año nuevo!

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